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El invierno en La sangre y la esperanza.

Extracto de Ponencia realizada por Luciano Leal Hernáez, Magíster en Literatura Latinoamericana y Chilena (C).

 

El invierno está presente durante toda la novela y no es una información explícita, como que si sucede en torno al barrio Mapocho.[1] El invierno va emergiendo desde la densidad de la obra y sus hechos, y se va tornando relevante en la medida que pasa el tiempo en la narración, se va quedando y reapareciendo para nunca abandonar el conflicto.

el año climático de Santiago de Chile durante la temporada invernal, que es a la que nos referimos, es una mezcla de la segunda mitad del otoño más el invierno, es entre mayo y principios de septiembre donde el frío se torna protagonista, una extraña condición geográfica y eólica no permite la circulación de aire, proliferan las enfermedades respiratorias. La lluvia se concentra en estos meses, la humedad sube promediando un ochenta por ciento durante la temporada.

La novela contiene veintidós capítulos. Al comienzo del segundo comienzan las referencias al contexto del clima. “El otoño estaba a las puertas de aquel día con su rostro de mendigo enjuto y lánguido. Sus harapos tenían el color indefinido de la bruma.” (Guzmán 39). Es el otoño de finales de abril, es el comienzo de la temporada de supervivencia, la tos es un elemento recurrente entre los protagonistas, quienes parecen aprender a convivir con aquella dolencia.

La contextualización temporal se clarifica con un capítulo titulado; “Primero de Mayo”. El tardío otoño con su intensidad y obscuridad ya ha dejado víctimas fatales, pensado en las condiciones de vida el porvenir en mayo no es alentador en la obra. Si bien es un capítulo más cercano a la esperanza, puesto que es dedicado a la celebración del día de los trabajadores y la fuerza de la organización obrera. “La bruma transitaba por las calles con sus leves pies de rocío. Más los corazones parecían desgranarse en cálidas espigas de felicidad” (Guzmán 89). Se puede apreciar la tensión entre las condiciones que presenta el clima y el devenir de los personajes, las consecuencias directas de las enfermedades, como las dos ocasiones en las que el padre de la familia Quilodran se enferma y queda hospitalizado, lo que genera un cambio en la orgánica de lucha que libra el sindicato ferroviario.

Desde ésta mirada la obra literaria invita a reflexionar sobre las condiciones de los personajes que pertenecen a un sector específico de la sociedad; Los pobres que se ven obligados a relacionarse con el tiempo y las estaciones en un modo de profunda conexión, debido a la necesidad de supervivencia, los recuerdos son más latentes con la lluvia, el frio, el barro y la muerte.

El traspaso de otoño a invierno, se presenta como un pequeño respiro a la cruda estadía del frio, dedicándole a aquel instante un son poético que permite en el contexto adverso, valorar la bienvenida del invierno. “Era el invierno ya. Pero hacia una azul y vibrante mañana. Un sol de espeso oro pulía la escarcha blanquísima que la noche había extendido sobre las calles” (Guzmán 136). El invierno se estanca en el tiempo cronológico por el resto de toda la primera parte, la precariedad social asociada a la estación es permanente, y se puede vislumbrar un cansancio en la organización de los ferroviarios. Del desgaste viene la enfermedad, pero también la muerte, como el deceso de la hija del Pan Candeal, que mientras paría moría a la vez.

En el último capítulo de la primera parte de la obra, el invierno está en su plenitud, la tristeza de un invierno crudo para los habitantes del barrio ha dejado una huella imborrable en los personajes principales, secundarios y en todo el entorno. En éste contexto termina la primera parte de La sangre y la esperanza, el lector podría imaginarse que la segunda parte comienza con el final del invierno, la llegada de la primavera y el florecer de los árboles, el verde esperanza. Sin embargo, lo que ocurre es diametralmente opuesto y complejo.

Primero la segunda parte no continua en un tiempo cronológico lineal, el recuerdo del pasado se traslada a un pasado aún más lejano unos diez años. ¿Cuál es el contexto climático del barrio en la segunda parte? El invierno, parece un entrampamiento, “Aquella tarde, llovía a mares. Lluvia gruesa, vital, lluvia como yegua encabritada, coceando, piafando” (Guzmán 185). En este contexto Enrique ya no tiene quince años, si no seis, pero el entorno vuelve a ser el invierno, tal como en la primera parte de la obra, la segunda parte se verá acompañada de una cruda temporada invernal.

En la segunda parte, la presencia de una hermana menor de Enrique, y la ausencia de aquella niña en la primera parte, sugiere inmediatamente la posibilidad de la muerte de la pequeña recién nacida que vive pegada al pecho materno. Si, la muerte de un personaje del entorno familiar principal y la larga enfermedad del padre de familia son un fuerte golpe a las emociones. La segunda parte y central de la obra, está marcada por completo por el invierno que estamos analizando, al terminar “La primavera, entonces, había llegado inútilmente para nosotros” (Guzmán 293).

La tercera parte y final de La sangre y la esperanza, vuelve temporalmente donde la primera parte había terminado, al comienzo de la primavera, no es casualidad entonces que los hechos transcurren rápidamente a través de aquella primavera y el verano próximo, para recibir el otoño y la temporada invernal, donde a estas alturas parece la obra sentirse más cómoda o acostumbrada. “Era otoño una vez más, y era la vida” (Guzmán 283) los sucesos distendidos, entorno al sol, el verano, el calor sofocante y entretenido, pasan raudamente por los primeros capítulos de la tercera parte, pero La sangre y la esperanza no es así, la vida y los recuerdos parecen nacer recién en el otoño tardío.

De esta manera se ve inagotable el invierno en La sangre y la esperanza, como la temporada invernal es cuna de los recuerdos y base de los hechos que marcan el pasado. “Rodaba el otoño. Y rodaban los días, al borde de mi infancia. El clima trágico, rojo, sangriento, el clima con vísceras colgando” (Guzmán 351). Se podría colegir que el clima frio de entrado el otoño y el invierno, no es una casualidad, sino todo lo contrario, es parte del escenario, es parte de los elementos que envuelven y dan vida a la obra.

Si bien se puede profundizar y citar ampliamente lo que atañe al invierno, lo que se pretende, es dar un pincelazo por la novela y compartir la interrogante que surge a raíz del contexto de La sangre y la esperanza y su estrecha relación con el invierno.

Es interesante detenerse en las últimas palabras que declaran cuando fue escrita la obra, las cuales tomando en cuenta el sentido de éste trabajo de investigación, ocupan un lugar importante. Después de la palabra en mayúsculas FIN, se puede ver un mensaje para nosotros no menor. “Santiago (CHILE), invierno 1940 – invierno 1941” (412). Es posible a raíz de este análisis considerar que si algo hace en la historia de la literatura latinoamericana La sangre y la esperanza es dejar un legado de la sociedad chilena de principios del siglo XX, y de su lucha por organizarse políticamente mientras sobrevivía a los inviernos.

[1] En la primera edición de la obra, publicada en 1943 por la editorial Orbe, se puede apreciar el subtítulo, “Barrio Mapocho”.

 

Esta entrada fue creada el Miércoles, Diciembre 7th, 2016 a las 3:38 pm y está archivada bajo la Categoría Sin categoría. Puedes seguir las respuestas con el feed RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta, o trackback desde tu propio site.


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