Nicomedes Guzmán era la vida misma, un maestro silencioso, voluntariamente anónimo, un curioso experto que no hablaba en las pomposas reuniones oficiales, pero que se daba entero en las tabernas. Para las generaciones de hoy Nicomedes Guzmán es un nombre imposible de asociar a algo, tanto como los tres escritores que lo preceden en este artículo.

Sin embargo, se trata de un autor vastamente estudiado en las más variadas cátedras universitarias de Estados Unidos. Lejos, más analizado que en Chile. Y es que no son pocos los estudiosos e investigadores “yanquis” que han desarrollado tesis y postgrados sobre su vida y su obra.

Aquí en nuestro país, en cambio, Nicomedes Guzmán fue una novela dramática de dimensión humana y real, con su infancia pobre en los aledaños del Barrio Mapocho. Nació en 1914 y murió en 1964. Estudió en una escuela pública y en un colegio nocturno. Madrugó para ganarse la vida en lo que viniera. Fuese lo que fuese.

La publicación de su primera novela, “Hombres oscuros”, le valió en 1939 el despido de su trabajo. Nada menos. Acarreó cajas de cartón, fue chofer, junior, tipógrafo y viajó por casi todos los rincones del país. Por eso es que sus escritos entregan sangre y vida a la narrativa chilena, a través de una corriente social e ideológica enmarcada en un momento histórico.HombresOscuros2

Sus personajes viven en el submundo social, son hombres marginales, viven la corrosiva pero maravillosa existencia del conventillo y en esa rica y perdida promiscuidad del barrio.

Para Guzmán, su literatura “es una responsabilidad vital, contribuye al mejor entendimiento del hombre, esto a trueque de describir sus luchas, decir sus verdades, incidiendo, incluso en lo que hay en los seres de corrosivo, enfrentando los aspectos de negación humana, con las virtudes, particularmente la ternura, que a mí entender, es el don más varonil del hombre”, según dijo a la prensa.

Guzmán fue poeta, cuentista, novelista, ensayista y también periodista, oficio que le permitió dar cuenta cotidiana de la realidad oculta en el asfalto urbano. Hombre orquesta, autor multifacético. Luz que contribuyó a crear las condiciones de una literatura realista y cruda que incorpora a los postergados de la sociedad, por cierto, siempre escondidos y negados.

Pablo Acevedo protagonista de “Hombres oscuros”, es un solitario lustrabotas, cuya vida transcurre entre el amor por su vecina Inés y las conversaciones con sus amigos obreros, en los que se descubren todos los tipos de personas existentes en una sociedad.

El escenario es un típico conventillo, donde los marginados del incipiente progreso mastican la bronca del rechazo y la impotencia al ver partir un tren que no los espera ni los invita.

Pinceladas de su obra cumbre dan una pequeña muestra de cómo la lucidez recoge en una escena la miseria y la esperanza del ser humano:

“El conventillo, mirado así, a primera vista, da la impresión de ser estático, dentro del cual la vida se agitara con una calma y serenidad de océano en reposo. Sin embargo, no es difícil imponerse de la distinta realidad que aquí bulle.

Imitando a los chiquillos, la miseria juega a las bolitas, al trompo o al volantín con la humanidad de este pequeño mundo proletario.

El hambre, por consiguiente, no anda ausente, y se pasea por más de algún cuarto, haciendo chascar por los vientres su fusta de capataz.

Las sombras se apelotonan en la calle, buscando el hueco de las puertas en huida de las agujas de la luz que paren las ampolletas.

Las acacias floridas llenan el aire de una fragancia honda, grata y evocadora. Cerca hay un canto de niños.

-¡Sí, es necesario que nos separemos!…
Las palabras de Inés son amargas. Sus pechos tienen sobresaltos de palomas. Mis manos embetunadas acarician sus manos.

-¡No es posible! –digo.
-¡Se hace duro resistir las malas lenguas, Pablo!
-¿Pero que pueden importarnos las malas lenguas? ¡Nosotros somos nosotros! Allá las malas lenguas con sus palabrerías.
-Las mujeres dependemos mucho del ‘que dirán’ ¡Mis hermanas, mi padre …Sí, Pablo, debemos terminar!.
-¡No tenemos porqué separarnos!.

La ternura y el empuje del instinto se manifiestan en mis manos y en mis labios. Ella se deja acariciar. El silencio se mece sobre el coro de niños. La fragancia de las acacias invade la sangre como el contacto tibio con Inés.

Beso con fuerza a la mujer, con calientes besos que me nacen del origen mismo de la sangre. Y ella, con voz profunda, como nacida de su entraña pura de hembra, dice, apoyando su cabeza en mi pecho:

-¡De veras, no tenemos por qué alejarnos!…

Una cordial ternura hace acto de presencia en su voz. Yo pienso en el ruido de dos gotas de rocío al chocarse. Sus ojos están prontos a alumbrar algunas lágrimas”.

(Extraído de Rodrigo Quiroz Castro, Cultura y Tendencias. Ver artículo Completo)

Esta entrada fue creada el Miércoles, Mayo 18th, 2016 a las 10:53 pm y está archivada bajo la Categoría Sin categoría. Puedes seguir las respuestas con el feed RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta, o trackback desde tu propio site.


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